Si uno mira
retrospectivamente los resultados de las últimas elecciones europeas en
distintos países, casi todos los partidos que salieron bien parados tenían un
elemento en común. Fueron capaces de argumentar
una causa simple a problemas complejos. Apurando un poco más, fueron capaces de
identificar un relato sobre lo que sucede en el que aparece un culpable
reconocible. Punto y aparte. Hasta aquí llegan los puntos en común
para que nadie me malinterprete.
En España
parece obvio que algo así sucedió y está en buena parte detrás de algunos de
los fenómenos políticos que ocupan y preocupan ahora. La irrupción de Podemos o
la cuestión catalana tienen en este momento mucho de respuesta simple a la
endiablada tormenta perfecta de la situación política, económica y social.
El auge de
estas dinámicas políticas es mucho más complejo que eso, es obvio. Como apuntes
de contexto citaría al menos algunos: Hay un agotamiento de los vínculos de
representación entre la sociedad, las instituciones y los canales de
delegación/vertebración en los que se constituía el espacio público. Singularmente
los partidos políticos.
Una transición
política con riesgos generó partidos cerrados, aparatos crecientemente autonomizados de una sociedad, por otro
lado, muy desvertebrada y con tendencia a desentenderse del gobierno cotidiano
de lo común. No es casualidad que en los territorios del estado con mayor
vertebración social, la dinámica actual tenga sus propias formas, sea el caso
catalán (entre otros factores con un hecho nacional evidente), sea el caso
vasco donde los partidos clásicos sufrirán desgaste de imagen, pero no el
desplome de otros lares.